viernes, abril 07, 2006

 

Vivir la Semana Santa

Me hizo mucha gracia oír una vez a un joven comentar: "La Iglesia es mala, nos hace sufrir, nos obliga a vivir el ayuno y la abstinencia en Cuaresma y en Semana Santa"... No es verdad, la Iglesia no es mala. Es cierto que el ayuno y la abstinencia están contenidos en los mandamientos de la Iglesia, pero –por supuesto– no para molestar a los católicos sino para enseñarnos a amar.

El Papa Benedicto XVI, al comienzo de la Cuaresma, ha dicho que este tiempo litúrgico no es una carga, sino manifestación de amor. Esto tiene mucho sentido pues, ¿cuál es la mejor manera de demostrar que amamos? La capacidad de sacrificio, por tanto, de sufrimiento; esto es, de dolor. Es así como nos damos cuenta de que nos quieren y de este modo manifestamos nuestro amor a alguien: cuando somos capaces de hacer "cualquier cosa", "aunque me cueste", por el ser amado. Quien no reconoce esto y quien cree que el amor se limita solamente al placer y al "pasárselo bien" está muy equivocado, aún no sabe lo que es amar y sólo conoce el egoísmo puro y duro; el amor es entrega.

Entonces, estamos ante una maravilla: en la Semana Santa a punto de comenzar, se nos da la oportunidad de amar más a Dios, de manifestarle nuestro amor no solamente con unas cuantas palabras, sino con hechos, de verdad. Con sus normas, la Iglesia nos facilita el recordar que en este tiempo especial de preparación para la Semana Santa podemos manifestar nuestro amor con hechos, que no son tantos, sino muy pocos: el Miércoles de Ceniza y el Viernes Santo vivir el ayuno y la abstinencia, y todos los viernes de Cuaresma vivir la abstinencia. ¡Muy poca cosa! Unas cuantas obligaciones, unos cuantos recordatorios que agradecemos, porque quizá si no los tuviéramos, no ofreceríamos nada.

Así, la mortificación, la penitencia, no son cosas "raras", "del medioevo", que propone la Iglesia. Al contrario, se trata de acciones muy actuales: como cuando a diario nos alegramos al leer u oír las noticias, y nos enteramos de un hecho heroico, de una privación voluntaria en favor de otro: exponer la vida, una labor social, ayudas desinteresadas, atención a enfermos... ¡No nos escandalicemos si hay gente que elige sufrir por amor a Dios! ¿Acaso no vemos a diario a mucha gente que sufre, pero por amor propio? No es broma: dietas rigurosísimas, cirugías plásticas, horas de esforzado ejercicio, dolorosos y molestos "piercings"... Son prácticas muy dolorosas que la gente considera habituales... y duelen... ¡y cuestan tiempo, esfuerzo y dinero!

Por eso, ¡qué bueno es vivir con fidelidad estas prácticas de mortificación y penitencia! No son las únicas, pues por amor a Dios cualquiera de nosotros se puede inventar las que desee. ¡Y están al alcance de la mano! Por ejemplo, ¿por qué no en evitamos, al menos en estos días, levantar el tono de voz? ¿O procuramos no tocar el claxon mientras manejamos? ¿O nos esforzamos por llegar temprano al trabajo, universidad o colegio? ¿O sonreímos ante las personas que no nos caen tan bien? ¿U ocultamos el mal humor que llevamos encima, para no fastidiar a los demás? ¡Qué bien nos sentiremos si encontramos tantas manifestaciones de cariño a Dios en las pequeñas cosas de cada día!

Nos disponemos a vivir la Semana Santa, a acompañar a Jesucristo en el camino de la Cruz, para dar su vida por nosotros. No son días cualesquiera, días ordinarios o meros "días festivos". Acompañemos esa ruta de nuestro Señor con nuestra oración, con recogimiento. Son días para rezar, para reflexionar: "Si Jesús dio su vida por mí, toda su vida, si derramó toda su sangre para redimirme, qué hago yo hoy, ahora por Él?"

¡Dispongamos adecuadamente nuestra alma en esta Semana Santa! El Sacramento de la Confesión es llamado también Sacramento de la Penitencia: pedimos perdón por nuestros pecados, por nuestras faltas, no solamente para recuperar la gracia de Dios que habíamos perdido por el pecado mortal, sino por amor: nos duele haberlo ofendido. La Confesión, el propósito de enmienda, son también estupendas maneras de vivir la Semana Santa, no sencillamente para "estar bien" sino porque de verdad amamos a Dios y nos duele haber obrado contra Él.

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